
16 jul 2011
de Anegdota (se escribe como se dice)

12 jun 2011
Anegdota, -se escribe como se dice- capitulo 0

Escribir, antes, -si no supe aprovechar el tiempo que duró –era un trabajo, como de oficina, es más, era un trabajo de oficina, a la cual entraba a eso de las nueve de la mañana café en mano y me ponía a divagar entre papeles y garabatos de palabras hasta la hora de comer, y luego vuelta al papeleo y al palabrerío obligado. Así como suena, rutinario, obligado por la necesidad de comer de esta fuente, de un sentimiento que a fuerza de días y horas de dedicación iba tomando forma y color hasta parecerse a una novela, espejo del esfuerzo de mi trabajo. Los resultados, los de esperarse, una estética lograda a base de presiones y vacío emocional, de carácter corporativo, una novela muy parecida a la que todo el mundo que alguna vez hubo deseado ser escritor, o fantaseado con esa posibilidad pero sin estar dispuesto a gozar del sufrimiento del esfuerzo que conlleva, quiso escribir, pero en definitiva jamás concluyó. Me incluyo, puesto que jamás he terminado de escribir esta novela, y en esencia creo que nunca la voy a terminar de escribir, porque si estuviera, por obra de algún apuro lleno de ansiedad o de una decisión apresurada, externa, interna o lo que fuere, concluida, creo que no sería más esta novela con la que muchos sueñan y nunca la alcanzan; el sueño ahora sería realidad y se desintegraría como el azúcar el en café de la mañana, y sin dudas sería un café aguachento sin gusto ni gracia. El problema principal reside en que el encanto de esta novela se aloja en la eterna reescritura, como desear ser siempre joven o que un sueño no acabe y no nos arranque de la cama, pero que en definitiva, de lo único que habla es de eso.
Como he dicho, la concepción de este tipo de escritura, llegó a su fin, y posiblemente o no, jamás se podrá medir tan certeramente, supe aprovechar lo que fue. El lado positivo de pensar una escritura trabajo es que uno a un trabajo puede renunciar o ser despedido, lo que implica el fin de la relación laboral que mantenía unido a las dos partes: empleador-idea de novela y empleado-voluntad de escritor. Cabe agregar que a mí los trabajos jamás me duraron más de seis meses, en principio, por la dinámica laboral de este mundo falto de las seguridades que caracterizaban a los trabajos en el pasado; y siguiendo por mi necesidad de cambiar de estilo de vida cada medio año, lo insoportable de la rutina diaria que con tanto esmero construia y luego un buen día donde las oportunidades llegaban a mí como puertas que se abrían en mi cabeza, la destruía con el mismo esmero, que nada quedaba de lo sembrado.
Luego escribir se tornó con la vivencia de ciertas experiencias y el paso implacable del tiempo en un deber. Lo supe en el mismo instante en que quise darle la espalda a una historia que no quería contar, y al momento de disponerme a desechar el producto de la escritura de años de intermitente trabajo por considerarla imposible y absurda, no desaparecía, no se desvanecía ni se resignaba a quedar olvidada en el pasado como tantas otras veces había sucedido. La historia quería ser contada a toda costa, me obligaba a quedarme pensando en ella y no se iba. Y en esa lucha de intereses opuestos, de riñas interminables a las tres de la mañana, le di la espalda. No sirvió de mucho, porque enseguida, al voltear, me di cuenta que seguía ahí: no era como en los trabajos que una vez que te vas, ya no tenés que seguir viéndole la cara al de al lado a las siete de la mañana, lagañoso, malhumorado y con mal aliento. No. El deber de escribir, la historia me miraba por la espalda. Sentía cómo me clavaba su mira en la nuca, y ni un instante durante el día o en un momento de baja guardia a la noche, me dejaba de acusar. Al mirarla a la cara, conocí la necesidad y un poco la desesperación. Y al intentar escribir, no buscaba sino algún tipo de reconciliación con aquello que volvía a mí sin ser llamado. Luego busqué el desahogo y el sosiego; la extremaunción, la expiación y la salvación. La sanación, la curación y el renacimiento también fueron todos estados puros de mi alma por los que tuve que atravesar para poder hoy sentirme libre de todo sentimiento mundano y entorpecedor del trabajo de la creación.
5 jun 2011
de Anegdota, eterna novela inconclusa
Todo comienza con un despertar o con un simple abrir de ojos, un ojo gigante, que, si estuviésemos mirando la pantalla de un cine, se convertiría en algo surrealista, algo que sería un ojo hermoso, celeste, preciado, y pronto pasaría a ser un ojo hermosamente gigante, luego, monstruosamente gigante, y finalmente, sólo monstruoso, mirando con expresión vertiginosa, hacia la nada, hacia el cosmos, al reversible reflejo de lo real condensado en el infinito punto negro que brilla en el ojo. Ese ojo contiene toda la historia del universo en eterno movimiento, su espiralada rotación que hace eje en su pupila que se dilata a cada big bang que estalla cada pocos segundos, mientras las estrellas giran haciendo breves círculos, desapareciendo y dejando un rastro de humo.
Ese ojo que se abre es todo lo que cuenta por el momento al comenzar por el principio de todo (no olvidar ¡cómo! que uno comienza diciendo ‘todo comienza’; ¿quién puede imaginarse o llegar a pensar ‘eso’?, ¿cuándo comienza un todo?) Ni empieza ni termina, se sucede instantáneamente ahí donde no había nada y ahora hay un ojo que a penas se abre, obtiene el todo con un solo vistazo arrojado hacia el cielo, pero cuando el vistazo regresa a su origen, el todo se desvanece y de a poco se vuelve al mundo que se abandonó muchas horas atrás.
29 may 2009
Una de las tantas noches americanas (preludio a La Noche Americana)
Este es un mundo loco, de extrañas pesadillas inentendibles, de inoportunas situaciones inexplicables, de horrorosas sensaciones inadjetivables. Un mundo de persecuciones sin motivo, de escapes, de pasadizos furtivos, de decisiones vitales a cada instante, de obsesión y repeticiones incesantes, de locuras que se desatan sin razón, paranoias irrefrenables, esta destrucción de las mejores mentes que conozco.
Es un panorama tétrico cuando se lo habita y parece no conducir a fin o vía de escape posible. Se llega a través de un laberinto cuyos pasillos terminan en un callejón sin salida, y al toparse con el paredón, el terror, que acecha desde su rincón oscuro, se lanza al ataque.
...
Al tratar de olvidarnos, lo recordamos mejor; pero cuando se intenta hacer memoria, sólo se encuentra confusión.
La fantasía es la lógica conductora de estas vivencias, siempre únicas e irrepetibles, ¡maravillosas! La imaginación sin frenos ni ataduras gobierna, de una vez por todas, como soñaron algunos hombres.
Puertas se abren al paso, trasladan fragmentos de sensaciones recogidas por la vida que se creían perdidas, hacen revivir un pasado sepulto y lo sacan a desempolvar a mitad de la noche.
Tierras se abren y paren nuevos mundos, fantásticos, ilimitados. Explotan montañas que estaban dormidas. Se despierta el otro, el mismo pero exagerado y persistente en la búsqueda de una explicación, de la vigilia de la realidad, de la lógica de un mundo trabado por contradicciones absurdas, y en el hallazgo del sentido ahí donde estaba codificado, para sacar conclusiones basadas en hechos o percepciones que varían a cada momento. Partiendo de la caducidad de todas las filosofías del hombre, hay una pérdida constante y recuperación de las esperanzas en el futuro y presente de la humanidad.
Este es el mundo, créalo o no. Yo no. No puedo. Permanezco perplejo frente a la inverosimilitud de un despertar y su oficio diario. Pertenecer a esto es algo difícil de agradecer, si estamos ahí simplemente disfrutando del gozo en sus alucinaciones para luego ser expulsado una y otra vez de ese edén, del cual no permite que te lleves sino vagas sensaciones de haber sido parte.
...
¿Por qué esta cadena de sinsentidos que no conducen a ningún lugar? La vida es resistencia. En un mundo que enloquece y se derrumba es difícil visualizar el objetivo entre tanto polvo y escombro.
...
Después de un rato de verlo sacudirse en el suelo, noté que había algo raro en sus movimientos, en las posiciones que adoptaba su cuerpo. No era un ataque el que tenía, simplemente había dejado su cuerpo allí mientras que había salido a habitar otras superficies. Dónde ahora se encontraba, no sé, pero estaba batallando contra aquello que lo había hundido.
La vez siguiente que volví a verlo estaba intacto, de una sola pieza, un cuerpo y una conciencia unidos. Estaba radiante como el sol naranja del amanecer, porque había descubierto la clave de la supervivencia. Había hallado, como la inmensa mayoría no pudo, la puerta de salida hacia la supra-existencia, que implica pasar por encima de la existencia terrenal consumidora, y disfrutar.
11 nov 2008
continuación de La noche Americana...
Entré a una confitería. En seguida vi a Maqui y la fui a saludar. Me dijo que no me conocía, que podía estar confundiéndola con su hermana. Eran muy parecidas. Me quedo hablando y mirándola. Era más linda que la hermana. Se lo dije y me aproximé a ella. A las pocas palabras, ya la estaba besando. Tenía una manera singular y complicada de besar. Para su beso, era indispensable que los labios no se tocaran. Estiró su lengua y la pasó por entre mis dientes. Me impresionó la rigidez que podía alcanzar su lengua. Cuando la quise abrazar, traerla hacia mi cuerpo, no se dejó. Puso una mano sobre mi pecho impidiendo que siguiera acercándome.
Afuera comenzó a sonar una alarma que hizo que todos dejaran de hacer lo que estaban haciendo y se alarmaran. En la confitería, se prendió una luz roja intermitente en señal de peligro. A través de una grabación repetida incesantemente por un altoparlante, dieron la orden de evacuar todo el lugar de manera inmediata. Sin vacilar, la gente se precipitó fuera de la confitería y en el patio de recreo se comenzó a amontonar una multitud de desesperados que querían ser los primeros en escapar de ahí. Al quedar atascados, se desató el pánico generalizado y se armaron estampidas humanas buscando una salida.
Yo, paralizado por la situación, me quedé de pie, en la confitería. Noté que mucha gente había huido, pero había otra que no hacía nada por irse. Estos que se habían quedado actuaban de una manera extraña, como si ya no fueran personas sino bestias. Estos eran la causa de la alarma que se había disparado. Se comportaban como seres salvajes, lanzándose sobre los mostradores de vidrio para atacar las tortas. Uno se había estrellado contra el aparador de las macitas y había quedado cortado y sangrando en el piso. Los demás aprovecharon a tomar las confituras. Se abalanzaban sobre los merengues, el chocolate, hundiendo la cabeza y comiendo como animales. Sólo buscaban los rellenos, la crema pastelera, el dulce de leche, la crema chantilli. Eso era lo que más los placía.
Después de estar observando este espectáculo circense, comencé a distinguir matices en los comportamientos de estas bestias humanas. No todos parecían estar fuera de sí. Había uno que comía muy tranquilo una selva negra, tomando porciones con los dedos y devorándolos de un solo bocado. Estaba muy calmo y no parecía afectado por esa condición inhumana que había copado a los demás. Para no quedarme sin probar bocado, imito al imitador de las bestias y me sumerjo en el deleite de los dulces de repostería sin limitaciones.
Cuando el pánico en el patio ya había pasado, salí de la confitería. Estaba desértico. Vi a una persona dentro de un auto rojo estacionado en la calle que es el único que parece haber quedado. Me acerqué y era Tino. Me dijo que suba al auto, que no faltaba poco para que las fuerzas de seguridad vinieran y hagan su adiestramiento de las bestias. Me senté en el asiento del acompañante. Era un auto realmente diminuto. Todavía no entendía cómo entrábamos los dos, cómodamente. Sentía que era tan liviano que podíamos levantarlo con las manos. Arrancó. Mientras manejaba lejos del centro por una avenida hacia los suburbios, me explicó qué es lo que sucedía en aquel lugar que dejábamos atrás. Me dijo que era algo bastante usual, que cada tanto sucedía. Desde hacía algún tiempo, se descubrió una enfermedad que ataca a la gente, transformándola en el animal primitivo que reprime en su interior. A pesar de haber estudiado el caso, no pueden hallar el origen de esta metamorfosis. Cuando el sujeto afectado vuelve en sí, por lo general, estando alojados para cuando eso suceda en una cárcel o en un hospital, dice no recordar nada de lo que se lo acusa. Sólo expresan algo de dolor físico, pero completamente en forma, y en el fondo, según afirman muchos de los afectados, una inusual satisfacción. El hecho más curioso es que no siempre afectaba a las mismas personas, aunque sí siempre se daba de manera colectiva. Por lo pronto, con lo poco que se sabía acerca de esta condición, que era bastante poco, se había creado una cuadrilla de adiestramiento de las bestias, para tratar de contener la situación cada vez que esto suceda. Por otra parte, los destrozos y los saqueos que ocasionaban los sujetos afectados, no eran pérdida, sino ganancias para los propietarios. Todo estaba asegurado.
Tino dijo que el hombre estaba volviendo a ser el primer hombre, y lo manifestaba de manera convulsiva. Iniciamos una charla que duró por el resto del viaje, acerca de cuestiones cuasi-filosóficas, psuedo-políticas, intra-artísticas. Le hice notar que había un aire enrarecido en el ambiente, allá afuera, detrás de la ventanilla, en la gente en la calle, en la noche que se estaba poniendo oscura. Recién ahora me doy cuenta que volví a ser un fugitivo. Siento que soy un deja-vú que se repite incesantemente. Es un mundo loco en el que vivimos, me dice Tino. Es el sueño de este loco mundo. Es el mundo de sueños de los locos. Cuántas locuras comenzaron por un sueño, ¿no?
Nos metemos en el garage del subsuelo de su edificio. El piso era de tierra. Estacionamos, y antes de apagar el motor me dice que tenemos que deshacernos del auto. Es obvio que en todo el camino hasta acá nos siguieron. Pisó a fondo el acelerador y el auto se fue contra la pared. Tocó y Tino lo aceleró más. La rueda comenzó a patinar sobre el piso de barro. Hizo un hueco y el auto comenzó a enterrarse. Antes de que hiciera un agujero grande como para que el auto quedara bajo tierra, saltamos por la ventanilla afuera y vemos cómo el pequeño auto rojo se va escarbando la tierra como si fuera un escarabajo de metal. Recién ahora vi que tino tenía un piloto amarillo. Al lado del agujero que hizo el auto, vi un libro tirado. Estaba escondido entre unos cartones para tirar. Cuando saltamos fuera del auto, Tino sin querer pateó los cajones y se descorrió el libro. No me atreví a ver de qué se trataba. Me pareció peligroso. En mi cabeza, no dejaba de asaltarme el pensamiento criminal. Nuestros actos eran celados por furiosos guardianes del orden al que escapábamos.
Me dijo, ¿querés subir? Y claro, sí. ¿Dónde más ir en este momento fugitivo? Dejamos el garage, que simulaba ser una catacumba, el lugar al que habíamos sido reducidos. Afuera, todos enloquecían. Arriba estábamos a salvo.
Subimos por un ascensor angosto hasta el piso siete. Abrí la puerta. Ahí estaban todos. Todos reunidos acá por la misma causa, buscando un refugio en la explosión de universos, acovachados en el living del departamento de Tino, conspirando y resistiendo.
Yo había sido el último en llegar. Todos habían sido recogidos por Tino a lo largo de la ciudad. Algunos llegaron hasta acá sabiendo que era un sitio seguro. Y cada uno narraba acerca de su propio escape, los momentos más emocionantes de la huida.
Unos desesperaban y otros consolaban y daban ánimos. No todo estaba perdido. Aunque allá afuera estalle el mundo, todavía nosotros seguíamos intactos. Cocinamos, comimos, algunos durmieron, otros veían por televisión las noticias del desastre. Otro escribía como si fuera su última voluntad. En definitiva, se hacía tiempo. Que el tiempo pasara, que se hiciera tiempo y por fin suceda.
1 oct 2008
Fragmento de "La Noche Americana"
Estuvo varios días sin que nadie supiera de su paradero. La familia no se preocupaba porque creían que estaba en algún lugar, girando olímpicamente. Solamente sus amigos preguntaban por él, porque no lo habían visto con nadie. Un buen día lo encontraron en un hospital, con la piel quemada en un ochenta por ciento. Se había salvado por su naturaleza de lagarto.
Cuando despertó de su larga inconciencia, comenzó a recordar y contó. Era el Agente Antidrogras, ese que había identificado como el padre de nuestro amigo Femer, a quien habíamos tratado en asados y fiestas de cumpleaños, y ahora lo había torturado por el simple hecho de ser joven. Le estuvo dando a puño limpio cada vez con más furia al oír la risa de Manec mientras le decía que él sabía todo lo de las cosas que le hacía a Femer en la bañera cuando era chico, o que mientras él se iba a trabajar, se juntaba a drogarse en una esquina con el hijo del guardián de la conciencia única. Le decía: “hijo de puta, ¿te acordás que cuando éramos chiquitos yo pasaba a buscar a Femer y é te pedía plata? Bueno, íbamos a comprar faso. ¿Y cuando te decía que estaba estudiando en lo de un amigo? No, estaba conmigo tomando merca. ¿Y cuando decía que se iba a lo de la novia? Uy, no te imaginás con quién dormía…”. Y así el muy necio por no callar y no bajar la frente ni deponer nunca las armas, fue víctima del lobo. Después de golpearlo, ya medio muerto, lo roció con nafta y lo prendió fuego. Pero no quería matarlo, quería dejarlo vivo, para que sirva como ejemplo impartiendo el miedo y el sentido común, dos enemigos de la multiconciencia. Muchos se asustaron al verlo y quisieron no haber visto nada o no ver nada nunca más. Pero para otros, el saber que seguía en pie nos motivaba a todos a no ceder ante las amenazas ni ante los miedos, ni dejar de alzar nuestros sueños como bandera por un hijo de la gran puta suelto.
Postergaba eternamente esta visita con excusas que no justificaban mi falta. Así que mientras pude, me tomé un colectivo hasta su casa para verlo. Al llegar a su chacra de Castelar, pasé directamente al jardín por la puerta de madera de la entrada. Ahí encuentro a la hermana de Manec, a un costado de la casa. La saludo y me dice que pase para el jardín, que ahí estaba él con Facu, su hermano. Agrega:
-Fijate a cuál de los dos saludás (primero).
Atravesé el jardín pensando en esta última frase de la hermana, sin entenderla, hasta que alzo la vista y lo vi: vi a Manec y a Facu, o a Facu y a Manec, los dos juntos. Eran idénticos. Uno igual al otro, la misma cara, la misma bocota gigante, las barbas en chiva casi rubias, decoloradas y el pelo corto y parado.
-Hola, Manec –digo, sin decidirme a quién mirar. ¿Cuál era cuál? ¿Por qué habían decidido hacerse uno en apariencia? ¿Qué simbiosis extraña habían adoptado? Mientras yo debitada y no comprendía, ellos se divertían.
-Parece que no puede atinar la mirada –dijo uno, tal vez Manec, o Facu, y se rieron los dos.
Estaban sentados sobre el piso de lo que había sido una pelopincho, apoyada sobre un gran charco de barro, al lado de la casa del perro. Estaban todos sucios. Habían estado jugando una guerra de barro. Nos sentamos a charlar, los tres, o los dos, porque me dirigía a Manec o a Facu indistintamente como a la misma persona. Le pedí que me muestre como le había quedado el cuerpo después de las quemaduras. Se arremangó el pantalón y vi su pierna que tenía pocas zonas que no estaban inflamadas. También podía ver que el muy bruto se había estado rascando. Tenía las marcas blancas del paso de las uñas. Se levantó la remera y me mostró la panza. Ahí, peor. Con algún instrumento punzante (un palo, una lapicera, un punzón), se había tatuado inscripciones que le atravesaban el torso y le llenaban la espalda. Le pedí que se saque la remera para leer lo que había escrito. Entre otras frases, leí: “30.000 compañeros detenidos-desaparecidos, ¡presentes!”, pero también otras con menos sentido y por la mano de otros, firmado: “Vicky”, “Tincho”, etcétera de personas que no conocía. A pesar de la insensatez de su acto, tatuarse esas pelotudeces para siempre, entendí que mi nombre no se encontraba entre aquellos que habían escrito en su cuerpo, y esas marcas en su piel eran un registro efectivo del paso del tiempo, de la distancia que había entre él y yo.
5 nov 2007
Preludio de El Amante
Se revelan los ojos como el nuevo día naciente
La claridad inunda el espíritu dejándolo ciego
Nada es como era, nada está como estaba
Ésta es la hora de un nuevo nacimiento
El cuerpo se mueve con lentitud dolorosa
Arrojado en este mundo por un ansia creciente
Del árbol de la vida toma su fruta preferida
De sabrosa pulpa, jugosa como la poesía
Nada en el aire un aroma embriagador
Es el deseo que despierta en primavera
El perfume de una mujer que se acerca
Galopa en el pecho una sensación inexplicable
Se agolpa en la boca y se escapa con el viento
Como una dulce hoja que estalla en el aire
II
Como una dulce hoja que estalla en el aire
Los pensamientos uno tras otro se suceden
En la carrera violenta a través del hilo
Que conduce, ata y une la dispersión del tiempo
Valijas de polvo se acumulan en los templos
Conteniendo en esencia los olores de los días
Antes que los pasos resonaran en el silencio
Antes que el mundo se forjara como mundo
Cuando todavía no había manos ni cuentas
Y todo estaba detenido en un solo punto
Que reunía el sentido y el ritmo de las cosas
Ponía el por qué, el para qué, cosas necesarias
Un paraguas del sueño en medio de la tormenta
III
Un paraguas del sueño en medio de la tormenta
Se abre para dar refugio a los desahuciados
A los moribundos, a los muertos vivos
Que deambulan sin rumbo claro por las noches
Los que suben a los techos a buscar compañía
Como gatos milenarios que siempre estuvieron
Y, a diferencia del mundo que avanza,
Los gatos pertenecen a su mirada extraviada
Y pasan las tormentas y se gastan los paraguas
Vienen nuevos tiempos de sol y primitivismo
Que brindan una reconciliación con la tierra
Y vuelve el movimiento que antecede a la quietud
Y pone en marcha la máquina oxidada
El cristal todavía se mantiene caliente
IV
El cristal todavía se mantiene caliente
En la caldera interior de las pasiones
Clavado en el corazón por accidente
Liberado por cierto oficio fantástico
Y el rayo impiadoso penetra toda distancia
Del cielo al ojo y del ojo al mundo
Flores en la ventana de una bienvenida
Y las puertas y los parpados que se abren
Respiro, se empaña el vidrio, una esperanza choca
Con la fina capa de arena transparente
Que no deja pasar, esa el cosa, hacia el otro lado
Tallando un dibujo con el ansia del encierro
Toco el cristal que se está enfriando
Se deslizan los dedos y se acaricia como felpa
V
Se deslizan los dedos y se acaricia como felpa
Incrédulo de haber podido resolver el acertijo
Feliz satisfacción concebida por algún dios
Siendo testigo fiel de la creación del universo
Libre, libre al fin de la botella prisionera
Soy dueño y señor de las palabras robadas
Estiro los brazos en posición de vuelo
Dispuesto de disfrutar de un mundo sin tarifas
Caigo en la tentación de destruirlo todo
Cumplir la tarea por la que me han dado vida
Para que, desde las ruinas, volver a comenzar
Derribando y cosechando, demoliendo y edificando
Cantando a las puertas de un cielo inédito
La creación divina, la inmaculada idea
VI
La creación divina, la inmaculada idea
Se expone al tiempo y se hace diminuta
Frente a un espejo se enrosca sobre si misma
Se expande como globo cuando se suelta al viento
El trabajo mundano y la preocupación terrestre
Se cristalizan formando un hilo plateado
Se confundes los días con las hojas
Se elevan los pasos oídos y las voces
Todo concluye al final del largo camino
Donde se cruzan los destinos reambulantes
De quienes avanzaban de manera incierta
Los sentidos abiertos y alzando la mirada plena
Ahora todo está dispuesto en la escena
Se revelan los ojos como el nuevo día naciente
1 nov 2007
de El Amante, Capítulo I, 1
1. Y a levantarse una vez más, a sentir que no ha descansado, a salir al mundo a notar como todo ha cambiado.
2. Pero lo trágico del asunto es que la distancia que se siente al poner en vertical es terriblemente infranqueable con la horizontal.
3. De nada sirve intentarlo nuevamente.
4. El daño ya esta hecho.
5. Es esos días en que usted es arrancado de toda convicción de la realidad porque las más fuertes de las sensaciones e imágenes y más luminosos destinos se basaban en los terrenos pantanosos e inaprensibles.
6. Justo en el instante que todo va a acabar se propone disfrutarlo intensamente.
7. Demasiado tarde, amigo, nunca se va a ser capaz de sentirse en el lugar que le corresponde sin antes haber advertido que todo se desvanece.
8. Hay cosas que se le escapan de las manos y sería bueno que se de cuenta de cuales son las que pueden manejar y cuales preferibles que sigan su curso sin el menor disturbio.
9. Para ciertas cosas es bueno pensar que todo se acaba, detectar un fin cercano, aprovechar lo poco que queda de camino y largarse disfrutar del corto trecho restante.
10. Ahí tiene lugar la aceptación de lo negativo, de que la posibilidad de que todo se venga abajo sea inminente.
11. Pero jamás podrá soportar el advertir que la más creíble de las realidades, la incuestionable, pertenece a los dominios del inconciente. Usted quiere volver pero detrás solo hay confusión, algo poco nítido, incoherencias que se desvanecen cada vez más rápido.
12. En vano, todo lo que intente hacer para retener ese instante de satisfacción y paz, lo que usted se imagina no como la felicidad, sino como la comprobación empírica de que existe una y sus posibilidades de alcanzarla, es contraproducente; el despertar violento e indeseado, dejando la sensación de un nuevo y fatal nacimiento, esta vez más traumático que el primero porque se posee la conciencia plena de los sucesos.
13. E inmediatamente después, donde todo lo que usted cargaba sobre sí y había aceptado como verdadero, ahora va a tener que acarrearlo como falso, pensar que siempre ha sido falso y que todo no es un juego enroscado en el cual las realidades se mezclan, se entrecruzan todo el tiempo, la vigilia, los ensueños, la invención, las distorsiones de la mala memoria, todo lo que parece tener un lugar y un tiempo y un nombre propio, con una aparición alternada, sin saber que todo se enhebra despacio a través de pequeños agujeros llamados coincidencias, estableciendo una sola y larga acumulación (de lo que debería pensar que qué es usted sino toda esa maraña de sensaciones indigeribles).
14. En una posible mirada hacia lo anterior, usted vera que nada parece tener sentido, ya que lo que se llama realidad y se encuentra afuera de la ventana que da a la calle es tan inabarcable como todo lo que se sitúa comúnmente fuera de la realidad, lo que queda atrapado de la ventana hacia dentro
15. O las palabras, que causan el espanto de los pensamientos al nombrarlas y dibujarlas como lo que pretender ser.
16. Ese sinsentido es lo que hace girar pensamiento de manera circular, planteándose un centro del cual no se está seguro o no puede saber exactamente de lo que trata ese punto al cual se refiere y está tratando de explicarse.
17. Y así, el continuo movimiento, quizá la única certeza, hace girar a un mundo viejo y cansado que no tiene ganas de hacer las cosas por sí mismo.
18. Abandonando el sueño, todo le recuerda el contraste al mundo que se acaba de despedir, apoyado en la almohada y figurado entre las sábanas retorcidas, y más crudamente siente recomponer poco a poco los deberes cotidianos, las obligaciones materiales y olvidarse de la más importante (o la preferida por sobre todas) de las actividades metafísicas.
19. Pero no. Sin quererlo, sin desearlo, una imagen le salta a la mente que parece no provenir de este mundo despierto, ni de algún mundo pasado. Es una imagen fuerte, pero imprecisa, clara, pero indescriptible. Contiene más sensaciones que formas. Y en un acierto del pensamiento, se da cuenta que se trata del sueño. El sueño es una secuencia que ocurre dentro suyo, pero que no depende de usted. Lo tiene a su soñador como protagonista de todos los hechos, pero generalmente no puede tomar partida en lo que pasa. Ahora, esta imagen que usted recoge involuntariamente, sin haberla llamado, ¿qué significa? ¿Por qué transcurre cuando uno está, como se dice, fuera del mundo? Quién pudiera saberlo. Si no lo sabe usted, amigo, no nos mire a nosotros, que menos idea podemos tener de sus asuntos. Esto no es nuevo. No es la primera vez que sueña, y por dios, que no sea la última. Algo sagrado tienen, así como algo gracioso, porque no puede evitar reírse cuando recuerda que en su sueño ha estado en la guerra. ¡En la guerra! Sí, en las mismas trincheras. Pero el detalle está que esas trincheras no tenían países, ni enemigos a los que combatir, ni siquiera se ven las bombas volando construcciones ni las armas aniquilando seres humanos. Tampoco nadie a la vista que lo acompañe en su ligar de batalla. Curioso, nadie pelea, nadie muere ni nadie mata. Parece que nadie combate por un ideal. Pero todo este tipo de detalles no le llaman la atención. A los pocos segundos se olvida de su trinchera y recuerda que había algo más en su sueño. Una mujer. ¿en el campo de guerra? No, ya no se encuentra en medio de la batalla, donde nadie muerte por lo que no cree. Ahora sólo hay una mujer. ¿La conoce? Aparentemente no. Y aunque haga fuerza por recordar su rostro, este posee cada vez menos materia y se disuelve. ¿Quién era esa mujer? Por lo que se veía, en el sueño la conocía. La conocía y la amaba, porque no bien puede acercársele, la besa. Y ella se deja besar. Pero la mujer, en ese momento, desaparece. ¿Y luego, que sucede luego? Usted comienza a correr, debe hallarla. No todos los días se encuentra una hermosura así y se deja besar. ¿Por qué tenía que desaparecer? A los pocos pasos de su carrera, se da cuenta que no está usted persiguiendo a alguien, sino que detrás suyo, alguien lo persigue, y le está pisando los talones. Corre y corre, pero las piernas no le andan. Da pasos y permanece en el mismo lugar. Mira hacia delante, se encuentra una puerta, su escapatoria, y la abre. Adentro, el mismísimo Hamlet en plena ejecución de su papel. Después de eso, nada. Usted no recuerda nada. O por lo menos nada concreto. Todo es demasiado difuso como para ponerlo en palabras. Ya de por sí es ridículo pensarlo. ¿Halmet? ¿A quién se le hubiera ocurrido?
20. Nada parece acercase al mínimo sentido. De pronto, al recordarlo, siente una nostalgia lejana por aquella mujer que se desvaneció. Si tan solo pudiera seguir soñando, iría tras ella y la buscaría. No sabe dónde se halla, pero en algún lugar tiene que aparecer. Tal vez si se concentra mucho y lo desea… no, no es magia. Ese beso, por breve y efímero que haya sido, lo valió. Mire a lo alto y cierre los ojos. Mientras más piense en ella, más desaparece.
21. De nada sirve quemar los cigarrillos atónitos uno tras otro.
22. Usted ya lo ha comprobado muchas veces.
23. La noche amenaza en un par de horas asesinar al día. Día, que sólo en los momentos más optimistas perece no estar apuñalado de muerte y simula abandonar la carrera eterna que no vimos empezar y no veremos concluir sino con nuestra primera y ultima mirada al cielo.
24. Si bien cada vez que despierta es como si fuera la primera vez, como si los tantos días que amanece fuera completamente inédito y distinto al anterior o al que vendrá, lo ataca un interrogante:
25. ¿Cuál será el motivo por el cual levantarse definitivamente de la cama, por el que se abandonará de una vez por todas el lecho caliente que tanto placer otorga?
26. Se ríe, aún con los ojos cerrados. Sabe que no todo el mundo disfruta de esto tanto como lo hace usted, pero es por esto mismo que le cuesta tanto dejarlo. Parece que hace siglos que está postrado en posición horizontal, pero no han pasado sino segundos desde que se dio cuenta de que ya no dormía. Esos segundos pueden convertirse en minutos, horas, días si se distrae. Pero da igual prolongarlo hacia el infinito, si de todas maneras una vez que esté caminando por la calle, no va a recordar absolutamente nada de este lapso matinal que lo debate entre devolver lo al mundo o permanecer acurrucado en los retazos de un sueño irreparable. No a todo el mundo le cuesta tanto ponerse de pie en un salto y abocarse a las obligaciones diarias. Pero ¿cuál es el motivo para levantarse definitivamente de la cama? Piensa, piensa, y una vez que lo halle, tome fuerzas y póngase a andar.
27. Algún motivo, ninguno, ¿el trabajo? Si usted no tiene trabajo, eso que usted hace no puede llamarse trabajo. Bueno, digamos que no tiene que levantarse a ir a trabajar.
28. ¿Algún plan elaborado con anterioridad? No, aquí surge un inconveniente: no se han hecho planes para el día de hoy.
29. Ni libros por leer, ni calles por recorrer, ni mujeres a las que besar.
30. ¿Cuál será el hilo conductor que atraviese los días, les de coherencia, los ordene de mayor a menor, de más grande a más chico, de más importante a lo simplemente vano; los clasifique y destaque aquellos que valen la pena ser recordados, y los tantos otros que se olvidarán?
31. Evidentemente no le encontró todavía respuesta certera.
32. No es el amor, no es una rutina ni un compañero de ruta. Todos ya fracasaron.
33. Lo poco que queda, lo último que se halla como una respuesta que no quiere dar por falsa por no quedarse sin qué decir a la hora de la pregunta, es que usted nomás sigue el plan maestro, que ejecuta los pasos que le dicta su instinto, una fuerza mayor que no controla, la razón suprema del ser, la que va más allá de toda lógica refutable o cuestionable, la experiencia misma de la certeza concreta de no estar equivocado o no querer dar pasos hacia atrás.
34. Por ahora no tiene un rumbo fijo, y usted no hace más que enroscarse en dilemas que lo hacen retroceder hacia lo más profundo de usted mismo, haciendo un camino caracol en donde va a terminar en un centro irreversible donde se concentran todas las sensaciones y sentimientos que lo ponen contra la pared.
35. Lo más probable es que se encuentre un mínimo de verdad en uno mismo.
36. ¿Pero dónde hallarse?
37. ¿En qué calle, rincón, en qué mesa de bar se estará usted esperando encontrar, con una sonrisa sucia de complicidad y la esperanza nunca perdida de este posible encuentro? Y si es así, supongamos que entra a un café y en una de las mesas del fondo usted mismo esté allí, tomando algo mientras espera a que usted llegue mientras ensaya frases para hacer la conversación más amena, ¿tendrá respuestas para todos los interrogantes que se le vengan a la mente en ese momento?
38. Pero en una sucia habitación de una pensión de la calle Rodríguez Pena, seguro que no se va a hallar. Si no es allí, tampoco en la cama de la habitación, ni en el sueño suscitado entre las sábanas de esa cama
39. ¿Que hacer?
40. -Ah, mierda, que pregunta.-dice Víctor y al escuchar su propia voz por fin abre los ojos.
30 oct 2007
de El Amante, Parte I, Capítulo II, 1
¿Eras vos, Gella, a quien perseguí a lo largo y a lo ancho de las calles oscuras de Buenos Aires, por cuadras y cuadras, sin respiro, sin aliento ya, sin siquiera verte, imaginándote que si bien te había perdido de vista, lo más posible era que en esas calles cortadas volverías a aparecer, para perseguirte nuevamente, con el mismo propósito; pensando que si te podía alcanzar, te atrapaba, te retenía y no te soltaba, no te dejaría ir, porque en vos había puesto todas las fichas que alguien puede poner a una que pasa, en una sola noche; con el impulso de ese mínimo aroma que percibí, que salió de tu pelo, ese instante que pude acercarme lo más que pude a vos, a veinte centímetros y sentir que vos acababas de pisar el mismo suelo que yo estaba pisando, y que faltaba poco para que te alcance; ese perfume que me llegó hasta lo más hondo de mis percepciones, haciéndome un quiebre que me dejaba librado a dos opciones, o te seguía o te perdía y la opción segunda ya no era una consideración pertinente, después de haber corrido tanto y saber que lo único que me quedaba era seguir corriendo tras ese aroma que habiéndome produciéndome una sacudida como un despertar violento, vi una mano que se me posaba en la espalda, como un escalofrío, o un empujón de confianza para decidir mi rumbo, y con una mirada segura de que ya te estaba por agarrar cuando más te escapabas; con esa confianza en que no estabas demasiado lejos para que yo te tenga, te hable y te cuente cosas para convencerte que debías estar conmigo, pasar un buen rato, una noche, o varios meses, tendidos en la cama, probar lo que es la buena vida al lado de un tipo como yo, que qué no hace para alcanzarte, mirá, te digo; varios meses, que más tarde, tirado en la cama que antes había pensado, que tanto había soñado en ese momento en que pude oler tu perfume todavía en el aire; tirado en la cama, esa merecida cama de la que nunca quería ser arrancado, mirando el techo, con vos al lado mío, pensaba, forzando un recuerdo que ya era inaprensible, que este mismo lugar donde yo descansaba pacíficamente, era el mismo lugar que tantas veces, en ese momento que te perseguía, me preguntaba cómo sería, qué sensación me produciría estar ahí, tendido al lado tuyo, y sobre todo, si alguna vez te alcanzaría; y estar ahí tirado, me hizo revivir toda la secuencia de la persecución, quizá fue que ese día volviste a usar ese perfume de aquella vez, ese perfume que usas sólo en contadas ocasiones, porque lo sentí pocas veces en todo este tiempo, pocas veces me diste el gusto de poseer, no a vos, no eso se soluciona fácil, como poseer cualquier objeto que se toma entre las manos y se dice es mío, sino la sensación de estar corriendo atrás de algo que se quiere asir cuando se escapa, sin el conocimiento cierto si llegaría hasta vos o no, si te perdería una vez más cuando dobles por alguna calle oscura que no sabía dónde iba a desembocar, pero se nota que esa noche que te seguí algo estabas buscando y yo te encontré, o al revés, ese perfume que sin permiso se me metió por los huecos de la nariz y me hizo cosquillas en algún recuerdo, me tocó algo en la cabeza que tenía bien guardado y que era precioso y que automáticamente me llevó a pensar en todo lo anterior; eras vos, Gella, a quién perseguí a lo largo y a lo ancho de las oscuras calles de Buenos Aires, a quién no solté hasta encontrarte tendida en un banco de la plaza, en el fondo de la noche, eras vos, Gella?